Transformaciones culturales: Arte contemporáneo y tecnología

Desde el principio de la humanidad, la experiencia estética ha sido el lugar donde se deposita  el contenido puro del instinto gregario, de comunidad. Es así que el origen del placer estético no es colocado por ninguna experiencia sensorial del objeto como tal, sino por la experiencia de reconocimiento de una semejanza estructural con los otros sujetos en la coincidencia incondicionada del juicio de gusto y valoración del objeto.

Existe entonces una tensión dialéctica sobre el modo en que esa experiencia estética se traduce como creación, ya que el arte y sus diversas formas han creado, mantenido y eliminado ciertas “características de la colonialidad del poder que consiguen naturalizaran el imaginario cultural europeo como única forma de relacionarse con la naturaleza, con el mundo social y con la subjetividad.”[1] Una de estas características es el universalismo, que se hace presente incluso en los métodos de espacio y tiempo que difunden la estética, de modo que la dicotomía entre lo privado y lo público es central a toda la construcción de la visión moderna del sistema-mundo. Es así que se controla y se homogeniza el pensamiento que del arte se obtiene, poniendo a la razón especulativa al margen de la disposición de un mecanismo de “puesta en lo público”, evitando así el contraste dialógico, los propios juicios y las propias opiniones.

Este proceso busca legitimar que el arte, en cuanto a expresión intelectual de la belleza, ha sido siempre un elemento dentro de la categoría de lo privado, exclusivo para ciertas clases y geoculturas que son quienes pueden entenderlo y apreciarlo de forma adecuada. De este modo el arte ha quedado limitado, en la mayoría de los casos, a las galerías y eventos cerrados para la élite intelectual-creativa.

De acuerdo con esta situación, los intentos contemporáneos del arte, buscan la reconstrucción trascendental de un ámbito público de intercambio del pensamiento. “La confluencia entre el mecanismo cognoscitivo, productor de verdades científicas, teóricas digamos, y el mecanismo de construcción social, política, de la “verdad jurídica”, de la verdad práctica y moral, era requerido -y en ello precisamente se fundaba la presunción de una índole moral del sujeto, fluidamente habitante a la vez de su propio interior autónomo e incondicionado, de su propia “privacidad”, y de la polis, de la ciudad, de lo público.”[2]

Ahora bien, incluso la decisión sobre este tipo de cambios en el arte y sus esferas contiguas, es en su mayoría influenciada por los especialistas, que “por definición, en­tienden las realidades de cualquier sujeto que hubieran estudiado y por lo tanto eran los mejor capacitados para formular las reformas que eran necesarias y deseables.”[3] Esto sucede desde la visión liberal, siempre y cuando la educación que dichos especialistas haya cambiado de eje y haya superado las formas tradicionales del saber. “La ciencia ofrece el camino para el pro­greso material y tecnológico, y por lo tanto para el progreso moral.”[4]

De este modo, el arte contemporáneo ha encontrado en técnicas como el net.art, la oportunidad de cambiar radicalmente las estructuras cognitivas, afectivas y volitivas del dominado. Según Natalie Bookchin y Alexei Shulgin, ésta técnica trabaja lejos de la marginalidad, intentando conseguir una audiencia substancial, comunicación, diálogo y diversión; iniciando vías al margen de valores impedidos  por un sistema teórico e ideológico estructurado anteriormente mediante su inmediatez, inmaterialidad y temporalidad de sus acciones basada en un proceso. En la práctica, el net.art ha conseguido el ideal utópico de la desaparición del vacío existente entre el arte y la vida cotidiana, lleva más allá la crítica institucional, con lo cual tanto el artista como el espectador pueden equivaler o situarse al mismo nivel que cualquier institución o corporación.

Evidentemente es en fusiones como está entre la tecnología y el arte, donde la dialéctica entre lo privado y público se cuestiona y se revela, puesto que el net.art está emprendiendo transformaciones cada vez mayores debido al reconocimiento fuera de la institución, que es la representación de la naturalización de diferencias culturales y la reubicación temporal de dichas diferencias.

Este universo del arte contemporáneo se está transformando por la aparición de nuevas tecnologías de comunicación. Sin embargo, no se puede obviar que “este punto de vista (sobre la ciencia y las artes) no sólo nos ha enfrentado a la sabiduría oficial de quienes detentan el poder, sino también a buena parte del cono­cimiento convencional propuesto por los científicos sociales a lo lar­go de los últimos dos siglos”[5], ya que todo esto conlleva importantes consecuencias para las formas de la experiencia artística y su nueva relación con la ciencia mediante la tecnología multimedia, audiovisual y web que le ofrece espacios de ruptura.


[1] CASTRO-GÓMEZ, Santiago. La Hybris del Punto Cero. Editorial Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá-Colombia, 2005. Pág. 63.

[2] BREA, José Luis. El museo contemporáneo y la esfera pública. Dirección General de Museos de la Generalitat Valenciana.

[3] WALLERSTEIN, Immanuel. Análisis del Sistema-Mundo. Editorial Siglo XXI. Pág. 45.

[4] Ídem.

[5] Ídem. Pág. 4.

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