El machismo invisible

El tema del machismo y la violencia contra la mujer son abordados en su mayoría desde el universo femenino, siendo este el más interesado en que cada vez estos comportamientos se reduzcan en todos los aspectos de la vida. Actualmente, a pesar de que se reconoce la disminución del maltrato físico hacia la mujer, las estadísticas a nivel nacional, y en especial a nivel de Latinoamérica, muestran que esta disminución no es un gran triunfo ya que las cifras siguen siendo alarmantes para una sociedad en la que se habla de inclusión y respeto.

Hay varios puntos que se deben considerar, es necesario hablar de respeto entre géneros y más aún entre individuos en general. Sin embargo, considero que no se puede argumentar una “igualdad” de género, debido a que las diferencias entre hombres y mujeres, incluso biológicamente (en lo físico, en comunicación y rasgos emocionales), no se pueden obviar. Al contrario, éstas se deben potenciar en búsqueda de un respeto por lo que se es y no por lo que no se es. Si se pretende defender un género (en este caso el femenino) argumentando que “todos somos iguales”, desde ahí se está en un error. Lo que se debe tener presente es que aquellas diferencias no demuestran que algo sea mejor o peor, mucho menos demuestran debilidad.

Lo primordial es, justamente, el incursionar en el cambio sobre la visión de las diferencias, que, según el discurso machista, obviamente sería el eslabón que demuestra la superioridad del género masculino en todos los ámbitos de la vida humana. Particularmente (como mujer), no me siento relegada o menospreciada si me dicen que soy diferente de un hombre. Son precisamente las mujeres que se sienten agredidas con esta idea, y los hombres que lo propician, quienes legitiman el machismo. Existen otros factores discutibles y mucho más relevantes con respecto al machismo y la violencia contra la mujer, que entablar eternos debates sobre la tendencia a referirse al colectivo masculino y femenino con el artículo “los”. Este tema gramatical corresponde únicamente a la forma en que se producen los discursos. El hecho de que se modifiquen uno o varios artículos en una oración, no hará cambio alguno en el fondo de los mismos. Los artículos “los y las” pueden incluso anteceder un insulto, pero como se escucha “los y las” ya no hay agresión ni exclusión.

Retornando a la premisa de que existen factores más relevantes en cuanto al tema de la violencia, encuentro situaciones que en la cotidianidad demuestran esta realidad. Uno de ellos es, precisamente, la violación del espacio físico. Con esta categoría me refiero a lo común que se han vuelto los encuentros indeseables con personas (hombres en este caso) que agreden a mujeres con “piropos” que ni siquiera deberían llevar este nombre debido a su contenido agresivo y sexual explícito. Es una forma de violencia sin duda, y no sólo debido a la agresión verbal sino a que violenta el espacio físico de la mujer en los lugares públicos. De este modo, sí la mujer no quiere ser agredida con estos comentarios, debe optar por dejar de frecuentar ciertas calles o lugares públicos en los que tiene el derecho de transitar sin tener por qué sentirse incómoda. Protestar por el insulto recibido, no es una opción.

Otro ejemplo de la persistencia del machismo como forma de agresión hacia la mujer se halla en los lugares menos esperados: el baño o tocador de un hogar. David Jara, docente de la Universidad Politécnica Salesiana, demostró mediante un recorrido fotográfico, la manera en la que la cantidad de productos femeninos que “decoran” el baño de una pareja (en este caso el suyo) son evidencia de la falta de equilibrio sobre la comprensión estética de lo masculino y femenino. Mientras que la mujer necesita alrededor de diez productos de maquillaje, cabello y aseo para estar “estéticamente agradable” el hombre requiere de menos de la mitad de ellos para estar de la misma manera. Este problema no se da solamente por las tendencias de mercado en las que se usa a la mujer como garantía de ventas, o a los hombres y su exigencia de un modelo femenino con “extras”, sino también a las mujeres (me incluyo) y su aceptación de esto como una realidad válida. Es una especie de convenio social en el cual se acepta el maquillaje, la ropa, los tacones y cierto tipo de “agregados” como condición básica de feminidad.

Son estas situaciones, y muchas más que se pueden encontrar si se analiza la cotidianidad más a fondo, las que legitiman el machismo y la violencia como actos enraizados en el quehacer social. No es necesario debatir sobre grandes estadísticas y eventos pasados, si en la rutina de cada individuo, se reproducen al menos uno de estos comportamientos. Mientras lo femenino se valide como la debilidad de un hombre, y este, a su vez, no reconozca su parte femenina dentro de sí mismo, no se puede hablar de respeto y mucho menos de equilibrio. Esta conducta no sólo debe ser auto-cuestionada por los hombres, ya que a las mujeres, más de una vez se nos escapa un “nena” o “afeminado” como insulto.

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