Desde el mundo abisal, un mundo interior.

Y con su música de fondo me arriesgo a poner en palabras las casi imparables sensaciones que escucharle me produce.

Drexler en el Teatro Nacional Sucre (Foto: lanata)

Decir “mi favorito” incluye una especie de peso en la actitud, el gusto y la memoria. El proclamar que por sobre miles y miles de opciones, existe quien por razones de identificación, placer estético o simple gusto, nos permite experimentar algo que está más allá de los demás factores y sus posibles sensaciones, es un placer algo restringido.

Quisiera continuar en este preludio, pues no encuentro las palabras adecuadas que me introduzcan en el mundo de las sensaciones que quiero narrar. Drexler, ese uruguayo simpático, de voz fresca y serena que tuvo el acierto de encontrar su vocación en las letras, y no bastándole con eso, las canta.

A diario suelo describirle como la personificación de la nostalgia, de ese comportamiento permanentemente evocativo que encuentra en las situaciones más cotidianas, la inspiración precisa para contar cada historia en su repertorio.

Drexler en el Teatro Nacional Sucre (Foto: lanata)

Sumergirse en la melancolía de sus versos, implica empezar un viaje con destino al otro lado del río, un viaje en el que no es sorpresa encontrarse a la realidad riéndose de mí por la tardía época en la que he empezado a cambiar el filtro que tenía frente a ella.

Cada una de sus canciones posee las ondas auditivas precisas para empezar a admitir, sin pena ni reparo, las sensaciones hasta entonces ocultas. Frases como tengo ganas de ti, o me haces bien, dejan de ser un eco interno para convertirse en el reflejo, placer y libertad de pedir y decir lo que se quiere a quien se quiere. Libertad para quien las dice, claro.

Y es que Drexler tiene esa capacidad con su música, ese don de fluir aún en situaciones en las que todo va río abajo. Él escribe sin temor a sentirse vulnerable, que aunque se pretenda tenerlo oculto, todo en el mundo tiene una cara b, y que pese a cualquier estadística la vida es más compleja de lo que parece. Y entonces recuerdo la inoportuna primera vez en que una canción me trajo hasta aquí, hasta su música, sus letras, su mundo abisal.

Carles Campi tocando el theremin (Foto: lanata)

Si quisiera encontrar un género para ubicar su música, seguramente este se quedaría corto, ya que además del sorprendente juego de palabras que a menudo encuentro en sus canciones, él suele jugar también con los ritmos y los instrumentos, arriesgándose incluso a fusionar los sonidos más cotidianos, con instrumentos antiguos, electrónicos, y su infaltable guitarra. Mezcla equilibrada que hace de cada composición una obra placentera, fresca e innovadora.

Finalmente, y recordando las múltiples conversaciones que he entablado en su nombre, recuerdo que desde la parte más trascendente de los sentidos, en una de ellas decidí afirmar que sus canciones son la manifestación de experiencias y estados psíquicos caracterizados por una alteración de la sensibilidad, que en condiciones normales están ocultos. Si, y es que Drexler para mí es como un perfecto coctel entre psicodelia, nostalgia y simplicidad.

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